Café
dominical
De
"Cuentos de amor en cinco actos"
¿Sabe una
cosa, señor? Ahora que miro a esa esquina me acuerdo de
aquella pareja que venía todos los domingos y se sentaba
ahí a tomar café, al tiempo que hablaban en una voz muy
baja, tan baja que nunca pude escuchar su conversación,
por más de que intenté hacerlo varias veces. Había algo
clandestino en su encuentro, una extraña cercanía entre
ellos...
El era
acuerpado, medio calvo, entre 45 y 50 años, con vestido
deportivo, cachucha y gafas oscuras, como si se hubiera
escapado de la ciclovía dominical.
Ella parecía
tener más edad, entre 60 y 65 años. Alta, delgada, erguida
siempre, canosa, vestida con traje o abrigo de paño. Tenía
un aire muy estricto,
puntilloso, yo diría
como de
institutriz inglesa. En ese entonces, yo venía los
domingos, a este café a leer el periódico y a tertuliar y
me sentaba en la mesa enfrente de ellos.
Llevada por
mi manía de escritora de inventar historias sobre la gente
a mi alrededor, especulé que tal vez eran amantes de
muchos años que vivían vidas separadas, pero que se
reunían los domingos para recelebrar el rito de su viejo
amor. Tomaban café, antes, o después. Tal vez después, ya
que no había ansiedad en su encuentro.
O, era
posible que él fuera guerrillero y que viniera a
encontrarse con su madre en un traje y en un sitio en el
que esperaba pasar desapercibido el día domingo. O, aún
más, podría ser que su esposa no gustara de su suegra y
para él la única ocasión de verse con su madre fuera este
furtivo encuentro dominical.
Aunque traté,
no obtuve más pistas que me permitieran inclinarme por
una u otra hipótesis. Como dije, sus conversaciones eran a
prueba de chismosos.
Un domingo
los extrañé y así al siguiente. Pensé que de pronto
hubieran terminado su amor de tantos años en aras de
nuevos amores. O, que él hubiera muerto en el monte. O que
la esposa hubiera descubierto que se veía a escondidas
con su madre.
Pues, sí,
señor, de todas maneras, nunca más volvieron. Aún los
extraño, cuando, por casualidad, miro a esa esquina...